EL DESAFÍO DE UNA NUEVA LEY DE EDUCACIÓN SUPERIOR
Por: Aminta Buenaño
Cualquier madre o padre responsable se preocupa por el futuro de sus hijos; sueña lo mejor para ellos, y si a esta responsabilidad, a este sueño, añade la consciencia, no piensa en dejarles dinero o posesiones que fácilmente se esfuman, sino en formarlos para la vida, en procurarles la mejor educación como defensa y protección contra los embates de la incertidumbre.
Nosotras y nosotros colocados por la vida en esta curul, convertidos simbólicamente en madres y padres de la Patria, sabemos que lo que hagamos o dejemos de hacer va a repercutir directamente en las nuevas generaciones; también conocemos que lo mejor que podemos legar a la sociedad, a las ciudadanos y ciudadanos, es una educación de calidad, una educación para la vida.
Solo el cumplimiento de esta intención, de este deseo, ya justifica mil pasos muertos por esta legislatura.
Por eso los invito a ver a esta ley no desde la óptica de los prestadores de servicios, no desde la óptica de aquellos que se pelean a dentelladas espacios de poder, no desde la óptica de aquellos que han hecho de la universidad su reducto y cacicazgo, o de los que la han convertido en un negocio y la ven con las cifras del mercado.
Los invito a verla desde el corazón mismo de la educación, desde los intereses del joven que aprende, desde la exigencia de la sociedad, desde el ejercicio del derecho humano a estudiar; desde el país que Benjamín Carrión anhelara, un país grande por sus conocimientos; un país aunque pequeño, gigante por su capacidad de soñar.
Soy profesora universitaria desde hace más de 20 años y puedo decir con absoluta honestidad que la universidad, el sistema universitario necesita un gran cambio. No podemos soñar un país distinto sin un cambio en la educación. No podemos cambiar, sin un cambio en la universidad, porque todo cambio para que sea constante viene de adentro y las semillas que hoy plantemos darán su fruto en el mañana.
¿Cómo es este sistema universitario que no ha hecho mella ni ha incidido en el horizonte de nuestra existencia?
Una universidad que no cambia desde hace más de 30 años, que se resiste a cambiar. Una universidad desarticulada del Estado, divorciada de las demandas de la sociedad, una universidad que no planifica y que echa al mundo miles de profesionales como quien echa dados al destino, puesto que hay sobredosis de carreras como administración, educación, medicina, leyes y anemia de otras que necesita el país para crecer; como ciencias exactas, física, artes, ingenierías. Y el resultado es desempleo, sobreofertas y miles de profesionales trabajando en todo, menos en su profesión.
Una universidad que más se ha preocupado por mantener espacios de poder, rectores vitalicios, cacicazgos políticos y no por su deber ser. Que no ha apuntado a mejorar la calidad, la excelencia académica, a desarrollar la investigación. ¿Cuándo hemos visto huelgas, marchas, reclamos ardientes por estos conceptos? Las discusiones se han quedado en presupuestos y en territorios de poder. Y así vemos profesores que entran por vínculos políticos y no por méritos académicos. Profesores que mandan a leer poligrafiados y que repiten durante toda su vida la letanía del mismo cuaderno de apuntes. Profesores que no quieren evaluarse y profesores que se resisten a capacitarse, porque una vez que obtuvieron el título se consideraron productos acabados. Alumnos que, en un sistema que no apuesta por la calidad, son alumnos turistas que asisten de vez en cuando, o alumnos vitalicios que no se gradúan nunca, porque otros son los fines que persiguen. Alumnos que repiten sin remordimientos sus años académicos porque no les cuesta nada, porque somos todos quienes pagamos su educación. Alumnos sin responsabilidad académica, profesores sin compromiso. Esto tiene que cambiar.
Universidades que proliferaron como hongos, porque la educación fue vista como un negocio que producía muy buenas rentas. De 18 que existían en 1982 crecieron a 72 al 2008 en un país tan pequeño en que solo un 2% de su población tiene educación universitaria y de cada 100 personas con título profesional 75 de ellas pertenece al 20% más rico de la población. Las universidades que se multiplicaron fueron, naturalmente, las autofinanciadas. Algunas de ellas de tan indigesta recordación como la Universidad Cooperativa de Colombia cuya velocidad del título se ofertaba según la billetera del estudiante.
Desde hace mucho venimos hablando de equidad, de paridad, de justicia de género. Sin embargo es en la misma universidad, en que a pesar de tiempos y circunstancias, se ha cometido las más grandes inequidades en este sentido. Bajo un discurso galante y afectado sobre la equidad, hay un fondo de machismo e ilustrado que ha condenado a las mujeres a la invisibilidad, que se ha negado a reconocerles su talento, que les ha mezquinado los puestos de más alta representación, pues desde que existe la Universidad Ecuatoriana no ha habido ninguna mujer rectora en las universidades públicas y solo hay dos en las privadas. A pesar de que la población universitaria es mayoritariamente femenina (54%). Estas paradojas son inconcebibles en el mundo de las ideas y de la ciencia que debe ser la universidad.
Yo no sé si esta ley que hoy proponemos es la mejor. Yo no sé si le falta mucho o poco o si está incompleta. El mundo avanza por ensayo-error. Lo que sí sé es que si la aprobamos estas injusticias e inequidades que se han cometido pueden comenzar a cambiar, puede ser un primer paso para llegar a una universidad que busque la excelencia académica con la preparación al más alto nivel de sus maestros y con la exigencia responsable de sus estudiantes. Una universidad que no camine a tientas, sino que esté articulada a los objetivos del régimen de desarrollo, a la planificación y al buenvivir de sus ciudadanos; una universidad que responda activamente a los intereses de la sociedad; que genere respuesta a las grandes preguntas del país, que sea el faro que nos guíe hacia el país que soñamos. Una universidad con igualdad de oportunidades para todos, no solo para los más ricos, sino especialmente para los más pobres, para los grupos históricamente discriminados; una universidad en donde el ejercicio de la democracia sea una practica de vida y no algo que se aprende en los libros. Una universidad que garantice el acceso, la gratuidad para todos, pero no a saco roto, sino con responsabilidad académica y rindiendo cuentas ante la sociedad. Una universidad comprometida y de compromisos.
Si con esta ley empezamos a caminar y a sacudirnos de ese sueño, de esa anquilosada complacencia que vive la universidad habremos logrado mucho. Si se estanca, no perderá solo la universidad, perderá una oportunidad histórica el país.
Por eso, compañeras y compañeros, yo les invito a ver la ley desde otra optica más humana más comprometida; no desde la del dinero y del poder.
A nosotros nos recordarán porque nos atrevimos a cambiar, porque dimos el primer paso, porque nos arriesgamos y cuestionamos un orden.
Por eso esta ley que nace del corazón mismo del cambio, debe ser muy discutida, pero apoyada y aprobada en su esencia, porque es la elección entre el sepulcro o la vida que exige siempre el cambio.
Quito, 22 de junio de 2010










